Tengo que ser honesto: la primera vez que noté la caída de pelo, sentí pánico. Como muchos hombres que sufren alopecia, no sabía por dónde empezar. Estaba en el camerino del Teatro Español, preparándome para una función de Bodas de sangre, y al peinarme vi más pelo en el peine que en la cabeza. Tenía 34 años.

En esta profesión, la imagen importa. Ojalá pudiera decir que no, que lo único que cuenta es el talento, pero sería mentira. Los directores de casting te miran de arriba abajo en tres segundos. Y yo estaba perdiendo pelo.

Los primeros meses con la caída de pelo: negación total

Hice lo que hace cualquiera: ignorarlo. Me decía que era estrés, que ya pasaría, que total, apenas se notaba. Mi novia de entonces fue la primera en decírmelo con tacto: «Carlos, ¿no vas a hacer nada?». Yo le respondí algo como «estoy bien, es la luz del baño». Claro que sí.

Pero la realidad es terca. Cada ducha era un recordatorio. Cada foto de rodaje, una pequeña tortura cuando veía el resultado. Me obsesioné con los ángulos de cámara y empecé a pedir que me iluminaran de cierta manera. Un compañero de reparto me lo dijo un día sin filtro: «Tío, pareces un director de fotografía frustrado con tanto rollo de la luz».

Aceptar la alopecia: el primer paso

El punto de inflexión llegó cuando perdí un papel. No me lo dijeron directamente, pero el director había pedido «un tipo con buena mata de pelo» para el personaje. Mi representante me lo contó con delicadeza, pero el mensaje estaba claro. Esa noche no dormí.

Al día siguiente pedí cita con un dermatólogo. La doctora García, en la clínica del Barrio de Salamanca, me diagnosticó alopecia androgenética. «Es genético, Carlos. Tu padre era calvo, ¿no?». Sí. Mi padre, mi abuelo, mi tío. Toda la saga Bugallal con la frente despejada.

Tratamiento de la alopecia: lo que probé y lo que funcionó

Voy a ser directo porque detesto los artículos que te dan vueltas sin decirte nada concreto:

Alopecia en hombres: el factor psicológico

Aquí es donde nadie habla claro y donde yo quiero hacerlo. Perder el pelo siendo actor joven te jode la cabeza. Así, sin rodeos.

Vas a castings y te comparas. Ves a compañeros de tu edad con melenas que parecen sacadas de un anuncio de champú y piensas: «¿Por qué yo?». Te planteas si deberías dejarte la barba para compensar, si un rapado total sería mejor opción, si a lo mejor deberías cambiar de profesión.

Lo que me ayudó fue hablar de ello. Con amigos, con mi terapeuta (sí, voy a terapia, y todo actor debería), y con compañeros de profesión que pasaban por lo mismo. Descubrí que éramos muchos más de los que pensaba. Es un tema tabú en esta industria, y no debería serlo.

Un director con el que trabajé en el CDN me dijo algo que se me quedó grabado: «Carlos, los mejores actores que conozco no son los más guapos. Son los que tienen algo que contar. Y tú lo tienes».

Después del tratamiento: dónde estoy hoy

Han pasado varios años desde aquel primer susto en el camerino. ¿Sigo perdiendo pelo? Un poco, sí. ¿Me importa tanto como antes? Ni de lejos.

He aprendido a vivir con ello. Sigo usando minoxidil de mantenimiento, cuido mi alimentación, y he dejado de obsesionarme con los ángulos de cámara. He hecho papeles con pelo corto que nunca habría aceptado antes y resulta que algunos han sido los mejores de mi carrera.

Si estás pasando por esto — seas actor o trabajes en lo que trabajes — te digo lo que nadie me dijo a mí: no estás solo, no es el fin del mundo, y hay opciones. Ve al dermatólogo, infórmate, y sobre todo, no dejes que un puñado de pelos en el peine defina quién eres.

Yo sigo subiendo a los escenarios cada noche. Con menos pelo, sí. Pero con las mismas ganas. O más.